Cuando nos acercamos al texto bíblico, a menudo buscamos entender cómo las verdades antiguas resuenan en nuestra vida hoy. El pasaje de Gálatas 1:18-24 nos ofrece una perspectiva profunda sobre un tema fundamental: Cuando el evangelio transforma la historia personal para la gloria de Dios.
La narrativa del apóstol Pablo en estos versículos no es simplemente una biografía; es una defensa teológica. El punto principal que Pablo establece aquí es que su autoridad como apóstol, así como el evangelio mismo que él proclama, tienen un origen muy específico. Este evangelio procede de la revelación soberana de Dios y no de una invención humana. Además, veremos que esta autoridad es reconocida por la Iglesia y, lo que es más importante, produce como fin último la gloria de Dios, y nunca la exaltación humana.
A continuación, exploraremos tres puntos clave que desglosan esta verdad transformadora.
1. El evangelio auténtico forma siervos con integridad
El primer aspecto que debemos considerar al estudiar este texto es cómo el evangelio auténtico tiene la capacidad de formar siervos con integridad delante de Dios. Esta sección, que abarca los versículos 18 y 19, surge en respuesta a una situación conflictiva específica en la iglesia de aquel tiempo.
La defensa contra las acusaciones
En el contexto de la carta a los Gálatas, existía un grupo conocido como los judaizantes. Estos opositores estaban afirmando algo muy peligroso para socavar el ministerio de Pablo: decían que Pablo dependía de los apóstoles de Jerusalén y que, por lo tanto, estaba subordinado a ellos. La intención de este argumento era sugerir que el mensaje de Pablo era de segunda mano, derivado de hombres y no de Dios.
Ante esto, Pablo responde con firmeza y claridad histórica. Él afirma que, antes de encontrarse con Pedro, su conducta no fue la de un estudiante esperando lecciones. Pablo afirma que antes de este encuentro, él no estaba esperando instrucciones adicionales de parte de los hombres.
La procedencia de la revelación
Por el contrario, su actividad demostraba su llamado directo. Pablo estaba proclamando las buenas noticias a los gentiles tanto en Arabia como en Damasco. Como vemos en el versículo anterior (Gálatas 1:17), esto sucedió conforme a lo que le fue revelado por el mismo Mesías.
El texto bíblico nos dice:
“Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con él quince días; pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor.” (Gálatas 1:18-19 RV1960)
La integridad de Pablo radica en que su mensaje no fue moldeado por consensos humanos, sino por la obediencia a la revelación de Cristo.
2. Una transformación radical de identidad y misión
El segundo punto nos lleva a observar cómo el evangelio transforma radicalmente la identidad y la misión de una persona, tal como se observa en los versículos del 20 al 23.
La solemnidad del testimonio
En este pasaje, Pablo insiste solemnemente en la veracidad de su testimonio. Él utiliza un lenguaje de juramento para subrayar un hecho crucial: su evangelio y su apostolado no dependen de Jerusalén ni de los demás apóstoles.
“En esto que os escribo, he aquí delante de Dios que no miento.” (Gálatas 1:20 RV1960)
Esta insistencia busca desmantelar cualquier duda sobre el origen divino de su mensaje. Tras su conversión, el contacto que tuvo con los líderes en Jerusalén fue limitado. De hecho, su ministerio se desarrolló principalmente en regiones gentiles, específicamente en Siria y Cilicia.
“Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia,” (Gálatas 1:21 RV1960)
Este detalle geográfico no es menor; refuerza su argumento central de todo el capítulo: el evangelio que predica procede de la revelación de Jesucristo, tal como se menciona en Gálatas 1:11-12.
De perseguidor a predicador
La evidencia más clara de esta transformación se encontraba en la reacción de las iglesias. Los creyentes de Judea no conocían a Pablo personalmente. Sin embargo, sí lo conocían por algo innegable: su testimonio transformado.
“y no era conocido de vista a las iglesias de Judea, que eran en Cristo; solamente oían decir: Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba.” (Gálatas 1:22-23 RV1960)
Es fascinante notar el uso de la expresión “la fe” en este contexto. Aquí, “la fe” funciona como una designación del movimiento cristiano en su conjunto. Esto subraya algo vital: Pablo no solo cambió de conducta externa, sino que experimentó un cambio total de lealtad y misión. El que intentaba destruir el movimiento, ahora dedicaba su vida a expandirlo.
3. El propósito final: La gloria de Dios
Finalmente, llegamos al tercer punto y quizás el más trascendente: El propósito final del evangelio es la gloria de Dios en su Iglesia.
Al leer el versículo 24, encontramos la conclusión lógica y espiritual de todo lo anterior. La idea principal de Gálatas 1:24 es que la obra salvadora y transformadora de Dios en Pablo tiene como fin último la gloria de Dios, y no la exaltación del apóstol.
“Y glorificaban a Dios por causa de mí.” (Gálatas 1:24 RV1960)
El clímax teológico
Este versículo breve funciona como el clímax teológico del relato autobiográfico que Pablo ha venido narrando desde el versículo 11 hasta el 24. Después de defender con tantos argumentos que su evangelio no proviene de hombres, sino de la revelación directa de Jesucristo, Pablo nos muestra cuál es el resultado correcto de un ministerio auténtico: Dios es glorificado.
La iglesia no glorificaba a Pablo por su elocuencia o su capacidad estratégica; glorificaban a Dios por causa de él. Reconocían que el cambio en este hombre solo podía ser obra del poder divino.
Conclusiones para nuestra vida hoy
Al reflexionar sobre este pasaje y la defensa de Pablo, podemos extraer conclusiones vitales para nuestro caminar cristiano actual.
- Integridad y Ministerio: La legitimidad del ministerio va unida inseparablemente a la integridad. No podemos pretender servir sin una vida que respalde el mensaje.
- El Poder del Mensaje: A menudo nos recordamos a nosotros mismos, y hacemos bien en ello, que el poder del evangelio está localizado en el mensaje mismo, y no en nosotros mismos.
- Vasijas de Barro: Debemos reconocer con humildad que somos recipientes falibles y pecadores que el Señor utiliza por su gracia.
- Santidad y Poder: Sin embargo, aunque somos falibles, el poder de nuestros ministerios no se puede separar de nuestra santidad. Existe una conexión directa entre nuestra vida y la efectividad de nuestro testimonio.
- El Riesgo del Descrédito: Esta es una advertencia sobria: si nuestro modo de vivir trae descrédito al evangelio, el mensaje que proclamamos se debilita ante los ojos de quienes nos observan.
Que nuestra vida, al igual que la de Pablo, sea un testimonio vivo que lleve a otros a glorificar a Dios por la obra que Él hace en nosotros.
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