¿Alguna vez te has preguntado de dónde viene realmente la autoridad del mensaje cristiano que leemos en las Escrituras? Cuando abrimos la Biblia y leemos las cartas del apóstol Pablo, no estamos leyendo simplemente las opiniones de un hombre religioso o las conclusiones de un filósofo brillante. Estamos ante algo mucho más grande, algo que rompe con las estructuras humanas.
Hoy quiero invitarte a reflexionar sobre un pasaje fundamental: Gálatas 1:10-17. Aquí nos encontramos con el corazón de la defensa de Pablo. Su punto principal es contundente y claro: su evangelio y su llamado apostólico provienen directamente de Dios, no de ninguna autoridad humana. No fue una enseñanza transmitida de hombre a hombre, sino una intervención directa del cielo.
Acompáñame a desglosar esta verdad y a entender cómo la acusación de que Pablo dependía de otros se desmorona ante la realidad de su encuentro con el Cristo resucitado.
El Origen Divino del Mensaje
Lo primero que debemos entender es la naturaleza de la experiencia de Pablo. Él no está presentando una nueva teoría; está testificando sobre un hecho. En los versículos 11 y 12 del primer capítulo de Gálatas, Pablo establece la base de todo su ministerio: el origen divino de su mensaje.
“Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.” (Gálatas 1:11-12 RV1960)
La experiencia de Pablo gira precisamente en torno a un momento único e irrepetible: el momento en que el Jesús entronizado en el cielo se hizo visible ante sus propios ojos aquí en la tierra. No fue una alucinación ni una idea abstracta. Fue un encuentro real.
Cuando el futuro irrumpe en el presente
Hay una profundidad teológica inmensa en lo que Pablo nos está diciendo. En ese instante de revelación, sucedió algo extraordinario: el futuro de Dios irrumpió en su presente.
Piénsalo por un momento. Pablo vivía en su tiempo, con sus expectativas y su realidad, pero cuando Cristo se le apareció, el plan eterno de Dios, el futuro glorioso que se esperaba, invadió su “ahora”. Ese encuentro se convirtió para él en un evento pasado —un hito histórico en su biografía— que redefinió absolutamente toda su vida. Ya nada podía ser igual.
Pablo da por hecho que sus lectores —y nosotros hoy— conocen este acontecimiento. Es la base de su identidad. Pero en los versículos que siguen, él no se limita a narrar el hecho, sino que se dedica a explicar su impacto y a llenarlo de un profundo significado teológico. No se trata solo de que “vio una luz”; se trata de que la autoridad del cielo bajó a la tierra para comisionarlo. Por tanto, la acusación de que él era un simple mensajero de hombres carece de todo fundamento. Su credencial es la revelación misma del Hijo de Dios.
Una Mirada a su Hostilidad Pasada
Para que entendamos la magnitud de este cambio, Pablo necesita que miremos quién era él antes. No podemos apreciar la luz si no entendemos la oscuridad de la que salió. En mi segundo punto, quiero que nos enfoquemos en su hostilidad pasada, tal como la describe en Gálatas 1:13-14.
“Porque ya habéis oído acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba; y en el judaísmo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres.” (Gálatas 1:13-14 RV1960)
Pablo recuerda su vida pasada con un propósito muy específico: mostrar a los gálatas (y a nosotros) que él no era un ignorante de la fe. Al contrario, conocía profundamente las tradiciones judías y la Torá. Su conocimiento no era superficial; era un experto, alguien que sabía más que muchos de su propia generación.
De perseguidor a perseguido
Era un judío destacado. Pero no solo destacado por su intelecto, sino por su pasión. Era celoso y activo en la defensa de esas tradiciones. Su celo era tal, que lo llevó al extremo de perseguir a la iglesia con autoridad oficial. Él creía sinceramente que estaba haciendo lo correcto al intentar destruir este nuevo movimiento.
Sin embargo, aquí es donde la historia da un giro dramático. Como él mismo afirma en otro pasaje clave, en Filipenses 3:4–11, todo cambió radicalmente cuando Cristo lo encontró.
“Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo.” (Filipenses 3:7-8 RV1960)
Su celo anterior, sus credenciales, su estatus y su defensa de la tradición quedaron atrás. Su vida fue transformada por completo, no por un argumento lógico, sino por la revelación del Hijo. Aquello que antes consideraba su mayor orgullo, pasó a ser secundario ante la magnificencia de conocer a Jesús.
El Camino de Damasco: Una Convicción Judía
Llegamos ahora al tercer punto, que es crucial para entender la mente de Pablo: El camino de Damasco (Gálatas 1:15-17).
“Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre, ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco.” (Gálatas 1:15-17 RV1960)
A menudo cometemos el error de pensar que Pablo dejó de ser judío para convertirse en cristiano, como si fueran dos cosas opuestas. Pero el punto central es que Saulo de Tarso, como muchos judíos devotos de su tiempo, tenía un anhelo profundo.
Pensemos nuevamente en textos antiguos como los Salmos de Salomón 17 (un reflejo del pensamiento de la época). Saulo anhelaba y oraba fervientemente por la aparición del Mesías de Dios. Él esperaba a un libertador, alguien que derrotaría a los poderes paganos y rescataría a su pueblo de la opresión. Esa era la esperanza que ardía en su corazón.
La sorpresa del Mesías Crucificado
Cuando Saulo llegó, en un solo instante, a creer que Jesús de Nazaret era el Mesías de Israel, esa convicción no fue un rechazo a su judaísmo. Al contrario, era una convicción profundamente judía. Reconocer a Jesús como el Mesías implicaba reconocerlo como el verdadero Señor del mundo.
Esta transformación solo podía entenderse dentro de una cosmovisión formada por las Escrituras. Para Pablo, aceptar a Jesús no significaba tirar la Biblia a la basura. Como él mismo insiste a lo largo de esta carta a los Gálatas, dicha confesión representaba la culminación de las promesas bíblicas, no su abandono.
Existen sólidas razones para suponer que Saulo esperaba con anhelo la llegada del Mesías de Israel. Su “problema”, por decirlo así, o su gran sorpresa, fue la forma en que Dios cumplió esa promesa. Saulo simplemente no imaginaba que el Mesías pudiera tomar la forma de… un Jesús crucificado.
La cruz era el obstáculo. Pero una vez que Jesús se le reveló, entendió que el plan de Dios era mucho más profundo y misterioso de lo que las tradiciones humanas habían anticipado.
Conclusión: Una Historia Ligada a la Revelación
Al recorrer este pasaje, vemos que la defensa de Pablo no es arrogancia. Es la certeza de alguien que ha visto la verdad cara a cara.
Para Pablo, su historia personal estaba estrechamente ligada a la revelación que Dios hizo de Jesús. No se trata de una carrera religiosa o de un ascenso eclesiástico. Se trata de reconocer a Jesús como el verdadero Mesías, el Señor crucificado y resucitado del mundo.
Su evangelio viene del cielo porque su encuentro fue con el Cielo mismo. Y ese encuentro, esa irrupción del futuro de Dios en el presente, es lo que nos ofrece hoy a través de sus cartas: un evangelio puro, divino y transformador.
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