Versículos base: “Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos)…” (Gálatas 1:1 RV1960).
En el caminar de la fe, a menudo nos encontramos luchando por entender la magnitud de lo que realmente significa el mensaje de Jesús. Hoy vamos a profundizar en un tema crucial para nuestra vida espiritual: El evangelio que libera. Basándonos en el inicio de la carta a los Gálatas, específicamente en los versículos 1 al 5, exploraremos cómo la autoridad divina, la gracia y el propósito de la liberación transforman nuestra realidad presente.
La Autoridad Divina del Evangelio
Cuando abrimos las Escrituras en Gálatas 1:1-2, lo primero que nos impacta es la fuente de la autoridad con la que se habla. Pablo no se presenta con credenciales humanas ni busca la aprobación de un comité terrenal. El punto de partida es claro: la autoridad del evangelio es divina.
El apostolado de Pablo no surge de un consenso humano; es por mandato divino. Esto es fundamental porque establece que el mensaje que estamos a punto de recibir no es una invención filosófica ni una tradición cultural, sino una intervención directa de Dios en la historia.
La Resurrección como Señal de una Nueva Era
Pablo menciona a Dios el Padre “que lo resucitó de los muertos” (Gálatas 1:1 RV1960). Aquí debemos detenernos y reflexionar, porque este evento va mucho más allá de un milagro aislado. La resurrección no solo vindica a Jesús, demostrando que Él tenía la razón y que era quien decía ser. La resurrección hace algo mucho más grande: inaugura el fin de los tiempos y anticipa la resurrección final.
Al entender esto, nuestra perspectiva cambia. La resurrección es una señal decisiva. Nos indica que los poderes de la era presente han sido derrotados. ¿Qué poderes son estos? Son aquellos que mantenían a la humanidad esclavizada. El texto se refiere a los “principios elementales del mundo” (stoicheia tou kosmou), esas fuerzas que nos ataban. Es interesante notar que, en este contexto de esclavitud a los principios del mundo, Pablo sitúa incluso a la Torá. El evangelio viene a romper esas cadenas, estableciendo una autoridad superior a cualquier sistema previo.
El Corazón del Evangelio: Gracia y Paz
Avanzando al versículo 3, entramos en lo que podemos llamar el corazón del evangelio: “Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor Jesucristo” (Gálatas 1:3 RV1960).
Estas palabras, “gracia y paz”, no son un simple saludo protocolar. Encierran una profundidad relacional inmensa. Para entenderlo, debemos pensar en cómo funcionaban las relaciones en la antigüedad (y en el fondo, también hoy). El acto de dar y recibir creaba una relación; era el síntoma visible de que existía un vínculo.
Una Lealtad Nacida de la Gratitud
Cuando uno recibía un don o un favor, a esa relación era necesario responder con lealtad. Pero cuidado, no estamos hablando de una transacción comercial. Esta lealtad incluía buscar oportunidades para ofrecer nuevos dones o servicios en retorno.
Es vital que comprendamos la diferencia aquí para no caer en el error de pensar que podemos “comprar” el favor de Dios. Tal respuesta de nuestra parte no “paga” al benefactor ni cancela una deuda. La gracia no es un préstamo bancario que debemos liquidar. Más bien, nuestra respuesta es un acto nacido puramente del deseo de agradecer.
En lugar de cerrar el intercambio (como cuando pagas una factura y la relación con el cajero termina), esta respuesta de gratitud lo prolonga. Permite que la relación de gracia y gratitud continúe y se profundice con el tiempo.
El contexto de este pasaje deja muy claro que aquí se invoca la benevolencia divina. Se trata de la disposición favorable y la generosidad de Dios y del Mesías como los supremos benefactores de gracia. El deseo de Pablo es que sus congregaciones sigan disfrutando de esta benevolencia y que, como resultado natural, den la respuesta de gratitud adecuada al Señor. La paz con Dios es el fruto de vivir en esta dinámica de regalo y gratitud, lejos de la ansiedad de intentar pagar una deuda impagable.
El Propósito del Evangelio: La Liberación
Llegamos ahora a los versículos 4 y 5, donde se nos revela el propósito central del evangelio: la liberación.
El texto dice que Jesucristo “se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo” (Gálatas 1:4 RV1960). El punto del mensaje del evangelio, centrado en la muerte y resurrección de Jesús, es muy específico aquí en Gálatas 1. Nos enseña que, a través de esos eventos, el poder de la presente era malvada se ha roto.
No es que simplemente se nos ha dado una nueva filosofía de vida. Es que la vida de la nueva era ya ha sido lanzada para todo aquel que cree.
Anunciando el Lanzamiento de la Nueva Era
Esta es la razón de ser del apostolado de Pablo; esto es lo que significa su misión. Volvemos a la idea de la resurrección: así como la resurrección de Jesús no es simplemente un evento muy extraño que ocurrió dentro del viejo mundo, la misión de Pablo no es simplemente proclamar un mensaje extraño o curioso.
Se trata de una cuestión de anunciar el lanzamiento de la nueva era. Se trata de encarnar el poder del nuevo mundo en el mismo lugar donde Cristo se hace realidad.
Esto nos lleva a una reflexión profunda sobre lo que significa ser un verdadero ser humano. Los pecados tenían una función terrible: permitían a los ídolos mantener su dominio sobre la raza humana y, por extensión, sobre toda la creación. Pero esos pecados han sido tratados en la cruz.
Aquellos que pertenecen a Jesús ya han emergido. La imagen es poderosa: hemos salido de la oscuridad, parpadeando nuestros ojos ante la repentina luz brillante, entrando en la vida inaugurada de la era venidera. Ya no estamos bajo el dominio de la oscuridad; estamos ajustando nuestra vista a la luz de una nueva realidad.
Viviendo en el “Ya pero Todavía No”
Sin embargo, no podemos ser ingenuos. La superposición de las eras es un lugar peligroso para encontrarse. Vivimos en un tiempo donde la nueva era ha comenzado, pero la antigua aún no ha desaparecido por completo. Gálatas no se esconde de ese peligro ni oculta el sufrimiento que vendrá a aquellos que se encuentran allí.
Es la tensión del “Ya pero todavía no”. Ya somos libres, ya ha comenzado la nueva creación, pero todavía caminamos en un mundo que se resiste a esa verdad.
Aplicación: El Peligro del Legalismo
Aquí es donde aterrizamos en nuestra vida diaria. Uno de los mayores peligros en esta superposición de eras es el legalismo.
Si volvemos a la idea de la gracia, el legalismo intenta convertir la relación de “gracia y gratitud” en un sistema de “deuda y pago”. Intenta someternos de nuevo a los “principios elementales” que ya fueron derrotados. Hablar del legalismo es necesario porque amenaza con devolvernos a la esclavitud de la cual el evangelio nos liberó.
Debemos recordar que la respuesta adecuada a la benevolencia de Dios no es intentar ganar su favor mediante reglas humanas, sino vivir en la libertad de la nueva era, ofreciendo nuestras vidas como un acto continuo de agradecimiento al Supremo Benefactor.








