Gobiernos Humanos y el Poder de Dios
Vivimos en una sociedad profundamente polarizada. Hoy en día, la política ha dejado de ser un espacio constructivo de diálogo para convertirse, lamentablemente, en un escenario de confrontación permanente. Esta división no es casualidad; es promovida por sectores que encasillan a la ciudadanía en dos arquetipos ideológicos opuestos: “izquierda o derecha”. Esta dicotomía termina excluyendo a la gran mayoría de las personas y fractura no solo el tejido de la sociedad, sino también el núcleo de las familias.
En medio de este ambiente de tensión, muchos ciudadanos han terminado depositando en los políticos una esperanza que, en realidad, le corresponde solo a Dios. Se les sigue con una devoción ciega, como si fueran mesías terrenales, llegando al punto de justificar sus errores y demonizar a todo aquel que piensa de manera diferente. Así, la política pierde su esencia de servicio y se transforma en una lucha de bandos, donde el adversario ya no es un interlocutor, sino un enemigo a vencer.
La Historia como Espejo de la Discordia
La historia republicana de Colombia es un ejemplo claro y doloroso de esta dinámica de confrontación. Desde el inicio de nuestra independencia, estos arquetipos ideológicos nos han llevado a soportar cerca de nueve o diez guerras civiles, la mayoría de ellas ocurridas durante el siglo XIX. Es impactante notar que aún no se consolidaba nuestra independencia cuando los federalistas y centralistas ya se encontraban en guerra entre sí.
Con el paso del tiempo, estos enfrentamientos se transformaron en conflictos entre liberales y conservadores. En su mayoría, se trataba de campesinos analfabetos que terminaban matándose unos a otros por defender un simple color político. Esta cadena de guerras y odios ha sido utilizada, una y otra vez, por los políticos de turno con el fin de avivar la hoguera del resentimiento y la discordia social.
Ante esta realidad tan cruda, conviene preguntarnos: ¿Qué dice la Palabra de Dios sobre el poder y sobre aquellos que lo ejercen?.
El Sueño de Nabucodonosor: La Visión Humana del Poder
En el libro de Daniel, encontramos el relato del rey de Babilonia, Nabucodonosor, quien tuvo un sueño que solo pudo ser interpretado por Dios a través del profeta Daniel. Este sueño se refería al futuro del reino de Nabucodonosor y al fin del tiempo de los cuatro imperios gentiles, un asunto que tenía al rey profundamente inquieto.
La Biblia nos describe la visión de la siguiente manera:
“Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible.” (Daniel 2:31 RV1960).
Esta imagen estaba compuesta por distintos metales: la cabeza era de oro fino, su pecho y sus brazos de plata, su vientre y sus muslos de bronce, y sus piernas de hierro. Sin embargo, un detalle crucial era que sus pies eran, en parte, de hierro y, en parte, de barro cocido.
Cada uno de estos metales representaba un reino o un período específico de la historia. Esta representación reflejaba la manera en que los gobernantes suelen verse a sí mismos y a sus imperios: como entes fuertes, valiosos y aparentemente indestructibles. No obstante, la Palabra de Dios nos muestra que esa no es la forma en que el Creador percibe el poder humano.
La Perspectiva Divina: El Poder como Bestia Pasajera
Mientras que el hombre ve el poder como metales preciosos y majestuosos, Dios revela su verdadera naturaleza en Daniel capítulo 7. Allí, los reinos del mundo ya no son presentados como estatuas de oro o plata, sino como bestias capaces de devorar a todo y a todos los que no se someten a sus caprichos.
La Biblia registra esta visión:
“Daniel habló y dijo: Veía yo en mi visión de noche, y he aquí que los cuatro vientos del cielo combatían en el gran mar. Y cuatro bestias grandes, diferentes la una de la otra, subían del mar.” (Daniel 7:2-3 RV1960).
Este contraste es revelador: aunque el poder humano intente revestirse de grandeza y valor, ante los ojos de Dios sigue siendo violento, pasajero y profundamente limitado. La fragilidad del barro en los pies de la gran imagen del sueño de Nabucodonosor nos recuerda que todo poder terrenal es quebradizo y está sujeto a la voluntad divina.
Nuestra Esperanza y la Roca Eterna
Por todo lo anterior, nuestras esperanzas no deben estar puestas en ningún político, ni siquiera en quién será el próximo presidente de una nación. La historia bíblica nos enseña que la gran imagen del sueño fue derribada por una piedra que no fue cortada con manos humanas, la cual representa a Cristo.
La Biblia lo detalla así:
“Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, la cual hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó. Entonces fueron desmenuzados también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro, y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de ellos quedase rastro alguno. Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra.” (Daniel 2:34-35 RV1960).
Participar en la vida pública y tener opiniones políticas es parte de nuestra realidad cotidiana, ya que todos somos actores que influyen en la sociedad. Como cristianos, debemos ser conscientes de ejercer una sujeción consecuente y responsable al gobierno que Dios disponga, recordando siempre que todo poder humano está bajo Su soberanía.
Al respecto, la Escritura nos instruye:
“Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernantes, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien.” (1 Pedro 2:13-14 RV1960).
Sin embargo, nuestro compromiso fundamental no es idolatrar a líderes terrenales, sino confiar plenamente en Dios. Debemos acompañar nuestra obediencia con la oración, tal como lo hizo Daniel antes de interpretar el sueño del rey. Que nuestra confianza nunca esté depositada en el poder de los hombres, sino en Aquel que dirige el curso de la historia y sostiene en sus manos los reinos del mundo.


