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El Evangelio Que Une, Envía y Se Expresa en Amor

 El título de nuestro estudio de hoy no podría ser más claro y contundente: El evangelio que une, envía y se expresa en amor. Es un título que nos invita a ver nuestra vida espiritual no como una teoría fría, sino como un llamado activo a la unidad y al afecto genuino.

Para guiar nuestra reflexión, estaremos meditando en el pasaje bíblico de Gálatas 2:5-10. En estos pocos versículos, el apóstol Pablo nos deja una enseñanza tan poderosa que puede transformar por completo la manera en la que entendemos la iglesia. La idea principal que gobernarán todas nuestras reflexiones de hoy es la siguiente: la Iglesia se mantiene verdaderamente fiel a su llamado solo cuando somete todo liderazgo al evangelio. Pero no solo eso, también se mantiene fiel cuando protege intencionalmente la libertad de la gracia frente a cualquier forma de legalismo, cuando vive la unidad en medio de la diversidad misional, y cuando, como fruto innegable de lo anterior, expresa su fe en un amor solidario.

Antes de desglosar cada uno de estos profundos puntos, acerquémonos a la Escritura y leamos juntos nuestro texto base.

La Palabra de Dios: Gálatas 2:5-10

El apóstol Pablo, en su carta a los Gálatas, capítulo 2, versículos del 5 al 10, nos dice lo siguiente en la versión Reina Valera 1960:

“a los cuales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros. Pero de los que tenían reputación de ser algo (lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa; Dios no hace acepción de personas), a mí, pues, los de reputación nada nuevo me comunicaron. Antes por el contrario, como vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles), y reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión. Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo cual también procuré con diligencia hacer.” (Gálatas 2:5-10 RV1960).

El Evangelio No Depende de la Autoridad Humana

El primer punto vital que debemos extraer de este pasaje, específicamente deteniéndonos en el versículo 6, es que el evangelio no depende de la autoridad humana. Esto es algo que a menudo olvidamos. Tendemos a mirar a los grandes líderes o a las personas de renombre para validar nuestra fe, pero Pablo nos recuerda una realidad muy diferente. Él sabía, con total convicción, que el evangelio que él predicaba era absolutamente verdadero sin tener en cuenta lo que pensaran los líderes de reputación o los llamados “pilares” de la iglesia. La verdad del mensaje de Cristo no está sujeta al aplauso de los hombres ni a la validación de las jerarquías terrenales.

Lo fascinante de este encuentro histórico que Pablo nos relata es lo que ocurrió cuando estos líderes se sentaron a dialogar. No obstante la firmeza de Pablo, cuando los pilares de la iglesia en Jerusalén se confrontaron cara a cara con el evangelio de Pablo, un evangelio que estaba totalmente libre de la ley, la reacción de ellos fue sorprendente: no lo rechazaron, sino que lo confirmaron. Esta es una prueba maravillosa del poder intrínseco de la verdad de la gracia de Dios.

Es importante subrayar la profundidad de esta aprobación. Cuando estos hombres, que tenían gran reputación, escucharon el mensaje de gracia predicado por Pablo, no vieron deficiencia de ningún tipo en su evangelio. No le dijeron: “Pablo, tu mensaje es bueno, pero le falta un poco de esto o un poco de aquello”. No le exigieron que añadiera reglas humanas o costumbres legales. Al contrario, al examinar detalladamente el evangelio libre de la ley que él compartía entre los no judíos, se dieron cuenta de que era íntegro, completo y perfecto. No vieron deficiencia de ningún tipo en su evangelio. Esto nos reafirma, una vez más, que la Iglesia se mantiene fiel únicamente cuando somete todo liderazgo, por más prestigioso que este sea, a la verdad inquebrantable del evangelio.

Un Solo Evangelio, Diferentes Llamados

Al avanzar a nuestro segundo punto y meditar en los versículos 7 al 9, descubrimos otro principio hermoso para la vida comunitaria: tenemos un solo evangelio, pero diferentes llamados. La obra de Dios es multiforme. A veces, en nuestras comunidades, podemos caer en el error de pensar que todos debemos hacer exactamente lo mismo o alcanzar a las mismas personas. Sin embargo, Pablo ha logrado en estos versículos mantener un equilibrio absolutamente magistral.

¿Cómo logró Pablo este equilibrio? Por un lado, vemos que los líderes de la iglesia en Jerusalén aprobaron lo que él estaba haciendo. Estaban de acuerdo con su labor misionera y, muy importante, le dieron su apoyo sin ninguna adición o corrección. El mensaje de gracia no necesitaba retoques. Por otro lado, manteniendo el equilibrio, Pablo era muy consciente de que, en realidad, él no necesitaba ese sello de aprobación de los líderes por sí mismo. Su llamado y su mensaje provenían directamente de Dios, por lo que su seguridad no radicaba en la palmadita en la espalda de otros hombres.

Entonces, si él no necesitaba este sello de aprobación por sí mismo, ¿por qué fue a hablar con ellos? ¿Por qué hizo este esfuerzo de diálogo? La respuesta nos muestra el corazón pastoral de Pablo. Su gran anhelo, su deseo más profundo, era que la única iglesia, compuesta tanto de judíos como de gentiles, siguiera adelante sin ser socavada por otros con ideas diferentes. Pablo sabía que si no había claridad entre los líderes, aquellos que promovían el legalismo aprovecharían la oportunidad para causar estragos. Su deseo era que esa comunidad diversa siguiera adelante de forma sólida, sin ser minada ni socavada por otros con ideas diferentes.

Es por esto que su objetivo primordial en esta importante conversación con figuras de la talla de Cefas, Jacobo y Juan no era probar que él era superior. Su objetivo en esta conversación con Cefas, Jacobo y Juan era asegurarse de que la hermosa comunión de los seguidores de Jesús no se viera dividida por todo esto. Él quería proteger la libertad de la gracia frente al legalismo y, al mismo tiempo, vivir esa preciosa unidad en medio de la diversidad misional. Unos estaban llamados a los judíos, otros a los gentiles; diferentes llamados, sí, pero un solo evangelio inalterable que une y envía.

El Evangelio se Expresa en Amor Práctico

Llegamos a nuestro tercer punto, basado en el versículo 10, y es aquí donde la teología se pone a trabajar con las manos. El evangelio no es solo una doctrina que asentimos intelectualmente; el evangelio se expresa en amor práctico. Si el evangelio que predicamos no se traduce en obras de amor, entonces no lo hemos comprendido a cabalidad.

El texto nos ofrece un ejemplo histórico precioso sobre cómo se veía este amor práctico en la iglesia primitiva. Vemos el caso de la iglesia de Antioquía. Esta era una comunidad de composición étnica mixta, un lugar donde personas de diferentes trasfondos se reunían. Esta iglesia había enviado una ofrenda para ayudar a los creyentes necesitados, y lo más hermoso es que habían enviado la ofrenda sin distinción entre donantes judíos o gentiles. A la hora de amar y de ser generosos, las barreras culturales y étnicas habían desaparecido por completo.

Y cuando esta ayuda económica llegó a su destino, la actitud de quienes la recibieron fue igualmente unificadora. En Jerusalén no preguntaron el origen del dinero. No se detuvieron a investigar qué porcentaje venía de los judíos y qué porcentaje de los gentiles. No hicieron eso porque, en el fondo, sabían que lo importante era lo que esa ofrenda expresaba: ambas comunidades eran una misma familia en el Mesías. Lo importante era el mensaje que se estaba dando a través de la ayuda mutua.

Esta acción no era un mero acto de caridad social; era una profunda declaración teológica. Esta solidaridad económica era una señal visible de parentesco espiritual. Al darse la mano económicamente, estaban diciendo al mundo que pertenecían los unos a los otros. Era una señal de pertenencia común a la nueva creación. Esa única familia estaba unida no por lazos de sangre o cultura, sino unida por dos factores vinculantes fundamentales: la pistis (es decir, la FE) en el Mesías y, como consecuencia ineludible de lo primero, el hecho de que todos son habitados por el Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo habita en nosotros como consecuencia de la fe en el Mesías, nuestra fe debe, obligatoriamente, expresarse en amor solidario.

Conclusiones para Nuestra Vida

Al llegar a la conclusión de nuestro estudio de hoy, es necesario que hagamos una evaluación de nuestra propia vivencia de la fe comunitaria. ¿Qué nos enseña el libro de Gálatas acerca de la verdadera unidad cristiana?

La Iglesia es verdaderamente una, cuando protege diligentemente la libertad del evangelio. No podemos ceder ni un milímetro frente a aquellos que intentan agregar cargas legalistas al mensaje de la cruz. Además, la Iglesia es verdaderamente una cuando honra el liderazgo sin idolatrarlo. Podemos y debemos respetar a quienes nos guían, recordando que la verdad del evangelio no depende de ellos, sino de la gracia revelada, de tal forma que sometemos todo liderazgo al evangelio.

Asimismo, logramos experimentar esta unidad cuando la Iglesia vive su misión en diversidad. Comprendiendo que Dios nos ha dado distintos llamados, distintos enfoques y distintos talentos para alcanzar a distintas personas, pero siempre predicando la misma buena noticia. Y, finalmente, la Iglesia es verdaderamente una cuando encarna la gracia de Dios en un amor activo y solidario. Un amor que rompe barreras étnicas, culturales y económicas para demostrar visiblemente que somos una misma familia espiritual en la nueva creación.

Te invito hoy a meditar en esto: ¿De qué formas prácticas puedes proteger la libertad del evangelio en tu entorno y demostrar un amor solidario a tus hermanos en la fe? Que el Señor nos ayude a vivir siempre un evangelio que nos une, que nos envía al mundo y que, por encima de todo, se expresa en amor activo. ¡Hasta nuestra próxima reflexión en la carta a los Gálatas!

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